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Olla de Grillos

Hemos acordado llamar a este rincón literario “Olla de Grillos” después de pasar por encima de una serie de nombres de similar sentido, como, por ejemplo, “Cajón de sastre”, “Arca de Noé”, “Torre de Babel”, “Casa de locos” e incluso “Merienda de negros”… Para los efectos, cualquiera de ellos hubiera sido igualmente expresivo. “Olla de grillos” se refiere al “lugar en el que hay gran desorden y confusión y nadie se entiende.” No obstante, y aunque haya que interpretarlo con amplitud máxima y más allá del pie de la letra, sí es propósito de los editores que este marco esté abierto a todos los frailes del convento de San Pablo y San Gregorio, sin límite de edad y especialidad, con plena libertad de expresión y de selección temática y con la certeza de que los textos serán respetados y agradecidos.

Caben en la Olla todos los timbres de todos los grillos, en la seguridad de que todas las partituras tendrán cobijo y acogida. Cuentan, desde ya, con el agradecimiento de toda la comunidad y de cuantos lectores deseen suscribirse a ellos. Si bien la preferencia de edición está reservada a los frailes del convento de San Pablo y San Gregorio, serán igualmente acogidos y editados los trabajos de cuantos se sientan invitados (todos) a participar en esta Olla de Grillos. “De omni re scibili” era el eslogan de nuestros antepasados, a la hora de escribir o enseñar en todas las aulas que presidieron, que fueron muchas y de altos vuelos. Aquí caben los temas menores, todos los géneros y cualesquiera partitura temática. Serán bienvenidos y agradecidos. La Olla está abierta desde hoy.

Novicios dominicos de la II bandera de Palencia.

Pasados más de cincuenta años del noviciado nos reunimos en la Peña de Francia (Salamanca) un grupo de los novicios de Palencia del 1951.
En la foto aparecen Alfredo González: de pie, centro
y yo mismo (2º por la izqda) con camisa azul.

La revista Vida Nueva (nº 3013, de 14.20/enero/2017 publica sendos comentarios sobre el prestigioso “darwiniano” Francisco J. Ayala (Madrid 1934) y Alfredo Gonzalez, Aller, Asturias. 1933) sin alusiones a sus estudios y formación universitaria en sus respectivos ambientes.

Pues bien: Conocí al bachiller Francisco José Ayala Pereda en Madrid (1947) y viajamos juntos a Palencia el 13 de julio para ingresar en el noviciado dominicano. Alfredo se incorporó unos días después a la “segunda bandera” que pilotaban el Padre José Merino en calidad de Maestro, y el venerable fray Juan Menéndez, prior. Iniciamos los tres un proyecto de formación, compartiendo profesores y estilo el primer año. Los tres siguientes en Las Caldas de Besaya (Santander) y cinco más de teología en Salamanca hasta julio de 1960, en idénticos marcos, si bien Alfredo se marchó previamente.

En esta larga etapa Alfredo ya destacó por los dibujos, atletismo y bondad proverbial; Ayala, de mente y piedad excelentes, inició en los últimos años de Salamanca en la vecina Facultad de Ciencias, Universidad, sus primeros ensayos hasta llegar .... a eminente “moscólogo-biólogo”. El que suscribe concluyó los estudios de Medicina, junto a Teología y Filosofía, recorriendo a través del tiempo diferentes lugares y servicios.

En Vida Nueva se hace alusión a las especialidades de los dos compañeros de curso. Amigablemente puedo completar nuestra común formación filosófico-teológica durante nueve años de internado, destacando a su vez la piedad e inteligencia de fray Ayala, la belleza de los dibujos y cualidades atléticas de “Cafarini” (Alfredo).

En 1961, fray Ayala, sacerdote, fue enviado por los superiores a EE.UU a ampliar estudios teológicos, y precisamente para ahondar en las relaciones de la fe con la ciencia. Paulatinamente los canalizó con gran provecho en la vertiente científica, en diversos Centros y universidades, como es sabido. La dedicación preferencial a los estudios-experiencias científicas inclinaron la balanza de su vida de forma plena hacia tales materias relegando la teología y la pastoral universitaria a planos y planes secundarios. En aquellos años del postconcilio muchos sacerdotes obtuvieron dispensa de sus compromisos, y entre ellos fray Ayala. Su valía intelectual prevaleció.

Me alegran las afirmaciones actuales del profesor Ayala defendiendo la cercanía de la ciencia y la fe, y que “el científico no es menos científico por creer, sino más”. Es de alabar que frente a cualquier fundamentalismo (religioso y científico) Ayala asuma que la Iglesia anda en el camino correcto; su reciente doctorado “honoris causa” por la Universidad de Comillas avala su postura, igualmente elogiosa al beato Pablo VI, y consideración hacia el papa Francisco. Los métodos y contenidos propios de diferentes modos del saber humano ponen de manifiesto en el fondo los límites de la razón y de las cuestiones conocidas: materia y espíritu.

Es muy valioso el reconocimiento de las diferencias, suscritas, entre ambos modos de percepción del mundo, y que pueden caminar juntas ambas formas de reconocimiento de la verdad como estuvieron en sus principios, en la aparición del evolucionismo y sus fundamentos por el propio Darwin.

Otro tanto se podría decir de la ingeniería genética, como medio terapéutico en ciertas enfermedades y su moralidad. No todo lo que es posible llevar a cabo con ciertos “métodos-medios” tiene la misma moralidad, o bondad. “La ingeniería genética, -dice Ayala- que se usa para cosas muy dispares”, no pueden ser medidas de antemano con el mismo rasero.

Bueno es que los científicos sean valorados justamente en sus esfuerzos por el desarrollo humano, sin que puedan atribuirse plena autoridad para juzgar lo que queda fuera de su campo específico. La Iglesia por su parte trabaja por esclarecer los errores que a lo largo de la historia hayan podido surgir en los criterios morales fundamentados en errores científicos.

¡Enhorabuena por sentirte cada vez mejor en el diálogo entre ciencia y fe! Compartimos plenamente tales sentimientos.

Fr.Manuel González de la Fuente, O.P.

Valladolid, 21 enero 2017
 



Adiós, otra vez…

Un whatsapp escueto me transmitió la noticia: “Carmen ya descansa en Dios”... Y uno se queda un tanto perplejo. Todo este mundo se ha desintegrado para ella y ahora, con todo el desconcierto al que nos sentimos arrastrados, se convierte en un lejos-cerca de los que aquí quedamos.
Parece irreal leer una noticia de este estilo cuando se trata de alguien con quien has compartido fatigas y alegrías y ha alcanzado la misma edad en la que uno se mueve. La noticia cae como golpe temido, pues han sido muchos días percibiendo su declive y su deterioro; también su serenidad, su silencio, su misterioso proceso interior. Ahora, su marcha provoca muchos interrogantes. ¿Cómo será su realidad en esa otra dimensión? ¿Cómo transcurrirá su vida en esa ausencia de tiempo, toda vez que ha entrado en la eternidad? ¿Cómo verá nuestra pequeña y limitada preocupación desde esos espacios amplios del “allá” donde todo lo de “acá” aparecerá sin el peso que a nosotros nos agobia? Y solo hay preguntas, ya que ese “allá” permanece para los de “aquí”como terra ignota.
Sabemos que su vida es más plena y que su presencia, hecha ya de luz, disfruta para siempre de todo lo que aquí buscó, pero los hilos que tejieron nuestra amistad se resienten ante su marcha porque todavía siguen vivos, aunque no encuentren conexión inmediata.
Carmen se fue discretamente, como fue siempre su estar entre nosotros. De Porcuna, Jaén, su Andalucía no se manifestaba en barroquismos alambicados. Aunque nunca perdió su acento, tuvo siempre mesura en sus manifestaciones, huyendo de esos retoques un poco artificiales donde lo importante es dejar patente de dónde venimos.
Su marcha vino gestándose a lo largo de varios años. Un día nos llegó la inesperada y temida noticia: el cáncer se había instalado en sus pulmones. Desde ese momento se convirtió en compañero inseparable que, sin ninguna consideración, iba avanzando por su cuerpo, lento pero inexorable. Sigilosamente fue apoderándose de todo. Y fue también el silencio y la serenidad de siempre la respuesta que ella fue dando a esa presencia destructiva. En ese silencio fue ella encontrando el hueco donde ir depositando sus reflexiones, su búsqueda de paz y su aceptación serena de algo que se iba haciendo irremediablemente presente de forma machacona. Siempre manifestó que vivía en paz y esa paz transmitía a quienes la visitaban.
Otra vez adiós. Otra vez levanta uno la mano para despedir a quien se ha ido buscando la felicidad que aquí fue saboreando a trechos. La mano se queda en el aire. A quien despedimos marcha silenciosamente y no vuelve la vista atrás. Pareciera que la luz, como un imán, le impidiera ya recordar que aquí quedábamos los que la tuvimos como una buena amiga.

Salus
12 de diciembre de 2016
 



Las leyes que nos protegen… también a “ellos”

Desde Bruselas nos llegan noticias abrumadoras. Los muertos pasan de treinta y los heridos superan los doscientos. La incertidumbre y el desconcierto invaden las calles y la vida sortea el miedo para conseguir que vuelva a ser lo que siempre ha sido. La rabia se extiende por todas partes, pero sólo queda ahí, en el interior de cada uno que tratará de canalizarla como buenamente pueda. No busca enemigos a los que hacer depositarios de la fuerza destructora que “ellos” utilizan de forma tan inhumana. Los correligionarios de los asesinos kamikaces podrán pasear por Bélgica, y por cualquier otro país, sin temor a quienes no comparten su fe. Nadie va a hacerlos culpables de aquellos que gritan “Alá es grande” mientras extienden la muerte a su alrededor. Justo lo contrario de lo que ocurriría en sus países de origen. Si unos cristianos hubieran atentado en sus calles o en sus aeropuertos, seguro que la venganza habría llegado a los barrios cristianos y los muertos serían el cumplimiento del “ojo por ojo y diente por diente”. Aquí no. Hay leyes que resguardan la seguridad de esos hombres y mujeres que, siendo de religión musulmana y viviendo entre nosotros, saben que son esas leyes las que les permiten seguir viviendo como los demás, aunque las “células durmientes” sigan entre ellos y puedan gozar de su anónima protección.
Aquí las leyes protegen a todos y los musulmanes pueden seguir compartiendo vida sin miedo a negras venganzas. Ellos y ellas podrán seguir usando sus distintivos religiosos y nadie los despreciará cuando hagan alarde de su fe. Ellos podrán usar los medios de comunicación y podrán orar en sus mezquitas sin temor a que los cristianos atenten contra ellos. Todavía no ha llegado la hora de las venganzas cuyos objetivos indiscriminados podían tenerlos como fin de la violencia. Esperemos que nunca llegue esa hora. Los asesinos saben que las leyes se aplican a todos y se cumplen sin tener que esperar y temer la muerte segura. Esa ley, construida con ingredientes que nacen de nuestra cultura cristiana, les protegerá y asegurará que no mueran por los crímenes cometidos por quienes se hacen llamar “enemigos de los infieles”.
Los que se suicidan gritando absurdas y contradictorias máximas religiosas, marchan camino de su paraíso -según afirman creer- y llegarán allí con las manos ensangrentadas, dejando el dolor y la rabia repartida por todos los rincones. Me asusta pensar que los crímenes cuenten con premios… Aquellos que logren sobrevivir saben que podrán seguir disfrutando de la vida, esa que ellos han arrebatado de forma cruel a inocentes ciudadanos que solo deseaban regresar a casa tras su horario de trabajo. Estos inocentes ciudadanos se quedaron en el camino, mientras en sus hogares les esperaban sus seres queridos confiando en que las cosas serían como siempre han sido. No fue así. Por el camino se cruzaron con alguien que decidió destruir su horario y convertirlos en víctimas mortales. El asesino que no se atrevió a inmolarse vivirá unos días o meses como una rata huyendo por las cloacas de la vida. Cuando al final sea detenido, contará con un abogado que tratará de apoyarle para que su vida siga en pie. La ley nos protege a todos para que la muerte no llegue a nadie antes de lo que Dios tenga previsto. Esa ley cubrirá sus días de seguridad y nunca recibirá el castigo que él ocasionó a quienes abatió vilmente el día en que, desgraciadamente, se cruzaron en su camino.

Fr. Salustiano Mateos Gómara

Valladolid, 23 de marzo de 2016

 



La globalización de la indiferencia


La frase es del Papa Francisco. Alude a algo tan dramático como es la persecución que sufren los cristianos en algunos países donde esa facción terrorista del Islam pretende anegar todo lo que tenga relación con el cristianismo. Para ello cortan de raíz la presencia de cualquier signo que mantenga viva la fe cristiana. Ante el silencio cruel que calla ante tanta muerte injusta, queda claro que no todas las muertes son iguales. Algunas tienen repercusión global y su eco perdura en los medios de comunicación días y días. Otras no se mencionan. La razón de este silencio no se sabe dónde se esconde. Alguna habrá, pero duele comprobar cuánta gente vive aterrorizada, escondida, y finalmente asesinada solo por tener una fe, la cristiana.
El silencio permanente ante este hecho suena a escándalo. El desinterés y la apatía ante tanta muerte, perpetrada con alevosía y vivida desde la impunidad más flagrante, clama al cielo. Las cifras son escalofriantes. Un mínimo de 7.100 cristianos perdieron la vida en 2015 por el hecho de serlo. Incremento de 63 por ciento respecto del 2014. Una ONG de los Países Bajos, llamada Open doors, recoge datos desde 1997. En los últimos tiempos la cifra se ha multiplicado enormemente pues en 2012 los cristianos muertos fueron 1.201.
Corea del Norte, por su carácter de estado ateo encabeza siempre los datos de persecución durísima. Al parecer, allí la mera posesión de una Biblia puede acarrear ser internado en un campo de trabajo.
Boko Haram ha matado a más de 4.000 cristianos en el último año. La ONG belga destaca otras formas de persecución que no son los asesinatos: listas de discriminación, aislamiento, negación de derechos…
Recientemente cuatro misioneras de la Caridad (Teresa de Calcuta) han sido asesinadas por islamistas radicales, en Yemen. La reacción internacional no llega por ningún lado. Todo esto no ocupa ni siquiera una misérrima línea en los medios de comunicación. Mientras tanto, hombres, mujeres y niños cristianos, viven bajo el terror. Las soluciones a este dilema son mínimas. Quedarse en su país afrontando una muerte segura en algunos casos; vivir en las peores condiciones sociales y económicas, en otros; huir de su tierra y deambular por Europa buscando alojamiento ante la indiferencia de quienes los sienten como excrecencia de una sociedad confortable, es la solución más injustificada. Desde nuestros países se contempla todo ello desde el silencio y la indiferencia. Son seres humanos excluidos de cualquier derecho en su país y sin apoyo en el exterior. Son esos inmigrantes que traen de cabeza a la Europa nuestra y que tuvieron que abandonar su suelo porque sus mismos compatriotas los obligaron a marcharse o abandonar su fe. Algunos no lo dudaron, abandonaron su patria por seguir manteniendo su fe.
La “globalización de la indiferencia” no es una frase certera. Es una verdad dolorosa que, por afectar a un derecho humano, nunca debería estar ausente de los medios. En este momento lo está, por desgracia y, sobre todo, para vergüenza nuestra.

Fr. Salustiano Mateos Gómara
11 de marzo de 2016
 



¿Quién llorará su muerte?


El miércoles 16 de marzo, a las 21,00, un grupo de personas se concentrarán junto a unas desvencijadas antiguas escuelas que tuvieron como titular a San Juan de la Cruz, en el barrio de La Rondilla. Lo harán para despedir a alguien que marchó una noche de este mundo, sin que sepamos muy bien cómo y por qué. Solo se sabe que apareció flotando en las frías aguas del Pisuerga, en este incipiente mes de marzo.
Se llamaba Eugen y había venido de Rumanía. Tenía 56 años y solía pedir a la puerta de nuestra iglesia de San Pablo. Llegó con aspecto saludable y podía haber pasado por un visitante más de la ciudad. El tiempo, embadurnado de abandono, fue convirtiéndole en un pobre hombre coloreado por todo lo que acompaña a quien va dejando de lado lo que es el cuidado personal. Pronto llegó el alcohol y con él la dejadez en todo, buscando en esa bebida el consuelo y el olvido de historias que poblarían sus sueños de la lejana Rumanía.
Hace escasamente un mes recibió una trágica noticia. Un hermano más pequeño había fallecido en un accidente de moto en su país. Dejaba mujer e hijos pequeños. Lo contaba con una inmensa pena esperando comprensión. Su cara, atravesada por un rictus de dolor, expresaba con nitidez el desaliento que le iba carcomiendo. Poco a poco fue cayendo en un incierto mutismo. El dolor no le abandonaba y el consuelo traicionero de la bebida iba haciendo mella en su comportamiento. Un día notamos que ya no guardaba su puesto a la puerta de la iglesia. La razón de esa ausencia nos la facilitó el periódico. El río le había acogido en una noche oscura y solo un papel en uno de sus bolsillos indicaba de quién se trataba. Las incógnitas surgieron, sin poder encontrar razón que explicara el porqué de ese hecho. El desconocimiento de su historia, así como los detalles de su situación más personal, se los llevó consigo aquella noche oscura.
La concentración de esas personas, en lo que fueron las escuelas de San Juan de la Cruz, quiere expresar la solidaridad ante la desgracia vivida por un desconocido. Un gesto humanizador ante tanta indiferencia; también un grito, elevado desde el silencio de la noche, proclamando que nadie debería marchar de este mundo en una soledad descarnada, sin poder contemplar la mirada de alguien que fuera transmisora de ese consuelo soñado cuando ya casi todo ha perdido sentido.
¡Descansa en paz, Eugen! Al pasar junto a la puerta de San Pablo muchos te recordaremos y lamentaremos no haber sido capaces de entrar en tu mundo solitario y no haberte ofrecido la mano que aliviara un poco tus desventuras. Dios habrá calmado tu pena y la luz habrá llegado para siempre a esa noche oscura en la que concluyeron tus días, vividos sin horizonte, bajo la mirada insomne de esas esculturas que pueblan la fachada más hermosa de Valladolid, en esta tu familiar plaza de San Pablo.

Fr. Salus
10 de marzo de 2016
 



NUEVO PRIOR EN SAN PABLO Y SAN GREGORIO

El pasado viernes, 12 de febrero de 2016, la Comunidad de frailes dominicos de San Pablo y San Gregorio celebró la toma de posesión del nuevo prior por parte de un viejo conocido de la casa, fr. Juan Manuel Almarza Meñica. Una ocasión tan especial merecía que nos acompañara también un hermano de comunidad que actualmente vive en otro convento, fr. German Escaris. Completándose así la integridad, de los que por una causa o por otra, hemos tenido la gracia de estar vinculados con la presencia dominicana en Valladolid.
Quizá no seamos ni la comunidad perfecta ni la comunidad soñada, pero somos Comunidad. Fundamentada no en relaciones de interés económico, cultural, político,.. Sino cimentada en Jesucristo. Con todo lo que ello conlleva: la necesaria visión evangélica hacia el hermano; el compartir las alegrías o tristezas de los mismo,… Y todo ello fuertemente marcado por el encuentro diario con Dios. Encuentro que no deja indiferente a nadie que lo haya experimentado; que transforma nuestra vida. Animándonos, más que nunca en Cuaresma, a ser misericordiosos como nuestro padre celestial es misericordioso. Limando las asperezas existentes; reforzando los lazos de amor contraídos; perdonando las faltas recibidas. En definitiva dejándonos ensanchar el corazón que acariciaron las manos de Dios, nuestro Señor. Intentando así, día tras día, acto tras acto, acercarnos más al ideal evangélico de una Comunidad Cristiana, católica y dominicana.
Para mí ha sido un inmenso placer participar, tanto en el momento festivo mentado, como en la experiencia de vivencia comunitaria. Dando gracias a Dios por este regalo. Que para más inri lo he vivido siendo yo prenovicio (Significando lo cual, que si Dios quiere, ¡un día seré fraile dominico!).
Concluyo esta pequeña crónica con un consejo o tarea – si es que acaso estoy yo capacitado para ello – que debiésemos, yo el primero, implementar en nuestra vida. A saber:
La necesidad de asentar en nuestro haber aquello, que debido al encuentro con Jesucristo, nos ayuda a construir una Comunidad Cristiana. ¿Y cómo podremos realizar tan ardua tarea? Pues como dice uno de los principios de vida Juniors (Movimiento diocesano valenciano de evangelización a los jóvenes): “Siendo comprensivo con los demás y exigente conmigo mismo”. Que así sea.
Miguel Fabra
Prenovicio

Valladolid 15 de febrero de 2016

 



HABEMUS DOCTOREM


Fue en el “aula de grados”, el lunes 8, a las once de mañana. En ese ámbito, donde la ciencia parece anidar de forma más patente, fr. Moisés, miembro de nuestra comunidad, defendió su tesis doctoral: “Exposición y crítica de las tesis básicas de la cosmovisión naturalista”.
Dentro de la seria solemnidad que exige un acto de esta categoría, la sesión resultó atrayente para todos. Más de uno pensó que sería un largo discurso, atiborrado de ideas abstractas y un tanto alejadas de la realidad. No fue así. Con una claridad y sencillez propias de quien se ha empapado bien los temas, fr. Moisés fue desgranando lo que ha sido fruto de esfuerzos y sacrificios. Lo hizo con sencillez, sí, pero también con brillantez. Allí fue ofreciendo, pausadamente, sus argumentos contra ese naturalismo que quiere reducir todo a mera realidad física donde las cosas quedan encerradas en esa presencia de lo inmediato. En su exposición, poco a poco, fue apareciendo alguien dueño de la situación y que, de una forma bastante sorprendente, iba adquiriendo la postura de un profesor avezado en esas lides de exponer, replicar y argumentar, manifestando cómo las ideas naturalistas de un numeroso grupo de filósofos, se agotan en sí mismas, cerrando un círculo que muere en sí mismo impidiendo a la mente abrirse a una verdad más ambiciosa y más abarcante.
Frente a él cinco catedráticos a los que fue transformando poco a poco en colegas. Fue satisfactorio, para los que seguíamos con interés el acto, escuchar las alabanzas a un trabajo “bien elaborado, bien razonado y, sobre todo, convincente en sus conclusiones”.
Todos esos “jueces”, ya casi colegas, le animaban a continuar por ese camino e ir abriendo brechas por donde seguir desbrozando la búsqueda de la verdad.
Gratificados por lo allí escuchado y disfrutado, tanto de fr. Moisés como de sus examinadores, volvimos al exterior de la facultad, recuperando esa realidad que se diluye entre prisas y preocupaciones. Alegres porque comprobamos, una vez más, que abordar con honradez los supuestos de la filosofía ayudan a comprender mejor por dónde circulan las ideas muy etéreas en principio y muy pegadas a la realidad por necesidad. Haber participado en un acto de esas características en el marco de la Universidad, donde se supone se valora y fomenta el amor a la verdad, es gratificante aunque en el choque con el mundo exterior nos topemos con las mentiras abundantes que pululan en el devenir de los días al margen de esos hermosos planteamientos.
Enhorabuena, Doctor Moisés. Desde la ruralidad que a uno le define, se agradece haber compartido, de pasada, ideas bien ordenadas y asentadas. Verlas expuestas con brillantez, claridad y sencillez, abren puertas a intereses olvidados, consciente de que mantener encendida la lámpara de la verdad es un compromiso que merece la pena potenciar. Como decía el viejo amigo, haber estado en ese acto no sólo mereció la pena sino que mereció la alegría.


Fr. Salus
10 de febrero de 2016.
 



ADIOS A FR. MANUEL DÍAZ


El viernes nos llegaba la noticia veloz y escueta: fr. Manuel ha fallecido a los 87 años de edad y mañana será su funeral. Demos gracias a Dios por su vida y pidamos por él.
Y ante esa noticia uno recuerda, sorprendido, que tan solo quince días antes ha hablado con él, le ha contado que se siente invadido por el cáncer y que las cosas están claras. Uno interpreta: es consciente de que su vida se apaga, y sorprende que vea las cosas con tanta naturalidad, que no haga alguna consideración más o menos pía y exculpatoria, y con toda espontaneidad acepte que este camino desemboca en la otra orilla a donde siempre ha tenido presente llegará.
El sábado lo despedíamos en la basílica de La Virgen del Camino. Éramos muchos frailes a despedirle; junto a su cuerpo, ya exánime, cantamos nuestra fe en la resurrección y ya, en la puerta de la basílica, mientras los de la funeraria empujaban el féretro hacia la salida, nosotros le decíamos a la Virgen del Camino que nos mostrara a Jesús vivo y glorioso. Paradójico, fr. Manuel ya lo estaba viendo y sonreiría al contemplarnos rogando a la Virgen que nos lo mostrara. Él lo habría cantado más de una vez en esa basílica que tiene estructura de féretro como cofre donde la Virgen recoge a todos los que allí llegan cargados de penas y añoranzas. Ahora nos decía adiós desde ese silencio total con el que los que marchan nos dejan a todos desconcertados. Descansar y ser despedido en esa basílica es toda una amalgama de sentimientos. La Virgen preside desde el retablo donde ella sostiene a Cristo en sus brazos y lo presenta a todos como muestra de que el camino que Él siguió no fue fácil. Está cubierto de heridas y ella lo enseña con cara de dolor, como recriminando que eso no se le debe hacer a nadie; menos a alguien que vino con deseos de cambiar el mundo y se ofreció como remedio de tanto desgraciado.
Allí, envuelto en recuerdos de amistad y confianza, le dijimos adiós a Fray Manuel. Allí lo despedimos como solemos nosotros despedir, cantando y orando, conscientes de que él ya está llegando allá donde Cristo espera para dar la bienvenida tras la conclusión del camino. Allí, donde cada día uno va reconociendo más caras y percibiendo que son muchos los que marcharon y con su ida van mostrando, a quien aquí queda, que el camino no se detiene y hay que avanzar por él en esperanza.

Fr. Salus
9 de febrero de 2016.
 



OBRA SOCIAL SAN MARTÍN DE PORRES

La comunidad de dominicos acoge y apoya la Obra Social San Martín de Porres, muy en línea con el espíritu y vida del santo.
La iniciativa surge, sobre el año 1986, del Padre Tello. Eran muchas las personas que acudían al convento en busca de apoyo material y espiritual y decidió hacer un seguimiento a las familias que ayudábamos, para ver su situación real, visitándolas en sus chabolas y casas donde ellos nos acogían. Hemos ayudado de forma continuada a más de 1.000 familias. Así empezó la Obra, que sigue hasta nuestros días.
La formamos un grupo de personas, comprometidas a dedicar un poco de nuestro tiempo a ayudar a los más desfavorecidos, sin distinguir nacionalidades ni creencias religiosas, todos son bien acogidos en nuestra Obra Social. Por esta Obra han pasado familias de Argel, Bolivia, Colombia, Cuba, Paraguay, Chile, Ecuador, India, Marruecos, Perú, España y etnia gitana.
Semanalmente nos reunimos y organizamos los alimentos y ropa para distribuir a las familias. Atendemos a numerosos grupos de personas, de entre los que damos prioridad a familias con niños pequeños. La distribución de alimentos y ropa se hace una vez al mes, aunque algunos días se atienden peticiones de comida y farmacia. Los niños son atendidos de manera especial, siempre hay un pedacito de chocolate o un juguete que ilumina su carita, y que a nosotros nos llena de alegría. Para que la ayuda sea eficaz y constante, contamos con la colaboración de personas que, conocedoras de nuestra labor, nos facilitan los medios: ropa, alimentos, juguetes, dinero.
Todos los meses del año celebramos en la iglesia de San Pablo una eucaristía de acción de gracias en la que San Martín de Porres nos reúne. La encomendamos de manera particular a los colaboradores y rezamos a Dios por ellos, tanto por los vivos como por los difuntos. En Navidad realizamos una campaña especial en la que los niños son los preferidos, les obsequiamos con juguetes y golosinas.
En os últimos años nuestra tención se ha centrado en los inmigrantes. Hemos celebrado con el Padre Tello bautismos, primeras comuniones, confirmaciones y bodas con familias de varios países y hemos compartido con ellos, con alegría, estas celebraciones. También hacemos una labor social con ellos. A veces, en confianza de mujer a mujer, nos hacen partícipes de cosas importantes y delicadas para ellas.
Todo esto se ha podido hacer realidad durante todo este tiempo gracias al Padre Tello, promotor de esta “Obra Social San Martín de Porres”, a la que ha dedicado tanto tiempo y cariño. Todos le queremos y le necesitamos.

Grupo San Martín de Porres
3 noviembre de 2015, fiesta de San Martín de Porres.
 



LA VIEJA LLAVE DE LAS MONJAS

Nuestra comunidad de San Pablo y San Gregorio atiende a cuatro comunidades de religiosas. Dos de monjas dominicas contemplativas; otra de dominicas de la Anunciata y una más del Amor de Dios,
Cada una tiene sus peculiaridades. Unas solemnizan la liturgia de la eucaristía y cantan acompañadas del órgano. Afinan y varían constantemente su repertorio. Otras lo hacen a “palo seco”, con altibajos en su ejecución, pero todas tratan de dignificar la celebración dentro de sus posibilidades. A la llamada al timbre unas te facilitan la apertura de la puerta desde su vivienda, previa identificación de quien llama; otras te dan unas llaves con las que acceder a su recinto. Una de estas hermanas nuestras nos entrega unas llaves con las que ir abriendo puertas que te introducen en el oratorio. Una de esas llaves es “añosa” y seguramente viene de siglos. Su trazado es el que todos hemos conocido en algún museo o hemos usado en viviendas antiguas donde sus propietarios no han querido renovarlas. Tener una de esas llaves, viejas y curtidas en años, evoca todo un mundo de interrogantes. Cuántas manos la habrán usado llevando en su interior sorpresa, rutina, miedo… Cuántas vueltas han ido acompañadas de alegría –qué bien ya marcharon esos pesados…- agobio –otra vez…- satisfacción –por fin podemos descansar, hemos cumplido-.
Ella lleva dentro, en su férrea condición, sentimientos, preocupaciones, misterios. Ha sido testigo mudo de cuántos usuarios han ido marchando una vez cumplida su misión en la tierra. Permanece inalterable, entera, dura en su condición de agente de seguridad, mientras lo accidental ha ido destruyéndose paulatinamente. Ha visto cambios profundos en el interior de esos muros y ha contemplado silenciosa la marcha de quienes decidieron no seguir adelante. Ha dado paso a momentos de esplendor, cuando los claustros se llenaban de hermanas que cantaban la alegría de haber encontrado su camino; también ha visto diluirse mucha de esa alegría cuando la puerta se abre de tarde en tarde para agradecer la llegada de una sincera vocación de integrarse en su interior dominicano. Esa llave es símbolo de permanencia de lo esencial y por ello relativiza todo lo transitorio. Ella es silencioso testimonio de lo que no se percibe desde fuera y de aquello que da vida a quienes viven dentro.
La llave de las monjas es todo un símbolo de apertura y de permanencia en el tiempo. Sigue ahí como testimonio de una vida callada, pero real, guardando secretos y valores que no pasan. Como ella, esos valores siguen dando vida a quienes resguarda en su interior. Es la llave que cierra y abre solo cuando sabe que quien la lleva es garantía de respeto y consideración.

Fr. Salus
Valladolid – abril- 2015
 



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