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Olla de Grillos

Hemos acordado llamar a este rincón literario “Olla de Grillos” después de pasar por encima de una serie de nombres de similar sentido, como, por ejemplo, “Cajón de sastre”, “Arca de Noé”, “Torre de Babel”, “Casa de locos” e incluso “Merienda de negros”… Para los efectos, cualquiera de ellos hubiera sido igualmente expresivo. “Olla de grillos” se refiere al “lugar en el que hay gran desorden y confusión y nadie se entiende.” No obstante, y aunque haya que interpretarlo con amplitud máxima y más allá del pie de la letra, sí es propósito de los editores que este marco esté abierto a todos los frailes del convento de San Pablo y San Gregorio, sin límite de edad y especialidad, con plena libertad de expresión y de selección temática y con la certeza de que los textos serán respetados y agradecidos.

Caben en la Olla todos los timbres de todos los grillos, en la seguridad de que todas las partituras tendrán cobijo y acogida. Cuentan, desde ya, con el agradecimiento de toda la comunidad y de cuantos lectores deseen suscribirse a ellos. Si bien la preferencia de edición está reservada a los frailes del convento de San Pablo y San Gregorio, serán igualmente acogidos y editados los trabajos de cuantos se sientan invitados (todos) a participar en esta Olla de Grillos. “De omni re scibili” era el eslogan de nuestros antepasados, a la hora de escribir o enseñar en todas las aulas que presidieron, que fueron muchas y de altos vuelos. Aquí caben los temas menores, todos los géneros y cualesquiera partitura temática. Serán bienvenidos y agradecidos. La Olla está abierta desde hoy.

¿EL MUNDO AL REVÉS? QUIZÁ

 

La calle es un hervidero de sorpresas. El pulular de tanta gente con sus peculiaridades, mantiene la atención de cualquier transeúnte y convierte a la ciudad en la feria de las vanidades o en el mercado del desconcierto.
Alguien aparece a distancia con un atuendo extraño, estudiado puntualmente en su extravagancia, para que todo el mundo vuelva la mirada, rematado por una cabellera donde se ha depositado un arcoíris completo. Uno tendiera a pensar que se ha equivocado al intentar vestirse por los pies o algún cable anda suelto en su cabeza; pero no, es una persona desinhibida, autorrealizada, que está reafirmando su personalidad ante una sociedad pacata y oprimida. Ah, no me había dado cuenta.


Ahora es el oído el que se siente sorprendido. Cerca pasa una pareja y la conversación va salpicada de palabras gruesas, groseras, malsonantes, exabruptos productos de una mala digestión. Uno pensaría que su educación se ha enturbiado por el camino; pero no, es una persona que no tiene prejuicios y no le importa donde se encuentre para expresar su estado anímico desasosegado, ya que posee un grado de libertad que para sí la quisieran muchos.


De golpe se oyen ruidos de sirenas. Es la policía. No se sabe si viene a proteger a los ciudadanos “normales” o viene a reprimir a quienes, desparramados por la calle, marchan gritando consignas podridas donde se insulta a todo el mundo; parece que no marchan en son de paz. Aprovechando la circunstancia van rompiendo escaparates, asaltan y vacían tiendas, destruyen todo lo que encuentran a su paso. Uno pensaría que son delincuentes comunes, revestidos de “protesters”; pero no, parece que son ciudadanos “pacíficos” que vienen a apoyar “la libertad de expresión”. Hay un delincuente con múltiples causas que debe vivir una temporada en prisión. Parece que la justicia lo ha colocado en su sitio, como a todos, a él también, pero uno está muy equivocado. Es un “artista” y tiene más derechos que el resto de los mortales, porque puede hacer lo que quiera, insultar a quien lo desee y gozar de privilegios, porque para eso lo han declarado “artista”. Y uno concluye: qué volátil es el término artista. Requiere de poca preparación, menos sensibilidad y un vocabulario estridente para adquirir la marca.


La radio transmite una rueda de prensa. Parece que expone uno de los que gobiernan, de los que representan a la ciudadanía y buscan el bien de todos. Eso se espera, pero parece que no es así. Está diciendo que los que protestan y vandalizan son ciudadanos que expresan su opinión, de forma “variada”, también enérgica, a lo que tienen derecho, para eso estamos en una sociedad avanzada, progresista, con una libertad que es la envidia de toda Europa. Y… ya uno no sabe si la realidad ha dado un vuelco donde todo ha perdido el norte; si él ha perdido la razón y marcha en solitario por una senda sin salida o las cosas se rebozan con un lenguaje confuso, contradictorio y pervertido.


Y es que el lenguaje es tan frágil, tan ductil y tan maleable que, hasta el más fascista, con todas las variables que encuentra en el camino, es capaz de llamarte “facha” porque no piensas como él. Si, además, encuentra eco en los “medios” todo adquiere un vuelo desorbitado, el vocabulario se vuelve loco y se pierde en la confusión más absoluta. Porque, en definitiva, resulta fácil usar el lenguaje de todos vaciándolo de contenido y usarlo torticeramente para intereses espurios. Este parece ser el acento del momento. O, quizá, el mundo se está volviendo al revés y yo no lo sabía. Quizá.


Salus Mateos
Valladolid 22 de febrero de 2021
 



Desde el agradecimiento

DESDE EL AGRADECIMIENTO Percibir todo lo bueno que hemos saboreado junto a personas con las que hemos compartido un trecho del camino, invita necesariamente a practicar la virtud del agradecimiento. Si somos sinceros, hemos de reconocer la grandeza de personas que, desde la sencillez, han sido capaces de sembrar bondad en sus relaciones. Decir esto en tiempos de incertidumbre y desasosiego, es caer en la cuenta de lo necesario que es recordar y agradecer a hombres muy humanos y, por eso, muy cristianos, con quienes hemos tenido la gracia de convivir. Eso ha representado para muchos de nosotros Juan Manuel Almarza Meñica, dominico, a quien tratamos y con quien convivimos. Falleció el día siete de este mes de diciembre. Lo hizo, como tantos otros, en un centro hospitalario, afectado por el temible “corona virus”. Fue el remate de una vida que, en sus últimos cuatro años, se vio sometida a una serie de limitaciones, causadas por un ictus que afectó a la parte derecha de su cuerpo, dejándolo inmovilizado. ¿Qué pasa por la vida de alguien que no puede expresarse, ni manifestar sus necesidades y carencias, esperando siempre que los demás sepan interpretar sus gestos inexpresivos? Cuesta creer cuánta tristeza y angustia hubieron de habitar sus días y sus noches. Cuánto dolor confiando siempre en el cuidado de los otros, inmovilizado en su silla de ruedas. Siendo una persona activa, tanto física como intelectualmente, verse reducido en todos los campos que él abarcaba, imagino fue una experiencia que tuvo que poner a prueba su fe. Almarza fue una persona buena, sin más calificativos, pero sí definiendo en su totalidad a quien supo repartir el bien a su alrededor. Inquieto por todo lo que preocupaba a las personas; estudioso de las corrientes filosóficas y sociales que subyacen en el devenir del día a día y por las que se mueve nuestro mundo; interesado por todo lo que significa el mundo del arte como vehículo del sentir de toda época; ilusionado en la búsqueda de las verdades y de la Verdad. Su actividad intelectual nunca fue óbice para poder entregarse con generosidad en ayudar y servir a los más necesitados; preocupación que le llevó a compromisos con los más pobres y que le indujeron a tomar posturas arriesgadas en su defensa. Deseoso de aportar a los demás el fruto de sus desvelos filosóficos; incansable en formular proyectos, vital en todo lo que supusiera dar pasos hacia adelante. Y todo ello realizado con sencillez y naturalidad. Su vida transcurrió en la enseñanza, sobre todo, de la filosofía. Familiares eran para él todos los pensadores contemporáneos a los que estudiaba con entusiasmo e interés, eso que supo transmitir a sus discípulos, familiarizándolos con las corrientes actuales de pensamiento. Entusiasta en la búsqueda de todo lo novedoso que tuviera consistencia y sirviera para comprender mejor la realidad. Recordarlo, cuando ya no está entre nosotros, es descubrir un hueco en nuestro camino dominicano. Sus iniciativas constantes, sus propuestas para seguir avanzando con seriedad y profundidad en una dirección acorde con los tiempos que vivimos, serán una llamada permanente a quienes quedamos en esta orilla. Su batallar contra el tiempo, arañando siempre horas para seguir ahondando en todo lo que bullía en su interior ha quedado grabado en sus libros, subrayados, meditados, comprimidos. Todos recordaremos y valoraremos su valía intelectual y su creatividad permanente; pero todos añoraremos, más que nada, su bondad y su deseo de hacer de este mundo algo más digno para todas las personas. Esa bondad es la que hacía la convivencia con él entrañable y fraterna, aderezada con la confianza y la cercanía. Mientras recordamos todavía su paso por nuestra comunidad, sentimos la necesidad de dar gracias a Dios por todo lo bueno que supo sembrar entre nosotros. Durante mucho tiempo su recuerdo quedará vivo y añoraremos su vitalidad y su entusiasmo, esos que deseaba transmitir a todos como forma de ir creando una fraternidad viva, hecha de esfuerzo y exigencia y, al mismo tiempo, condimentada siempre con la alegría. Descansa en paz, amigo, y no nos olvides.

Con Dios al fondo

En tiempos de desgracia colectiva, como la que estamos viviendo, es frecuente cuestionarnos muchos temas y aspectos de nuestra vida. Esta conmoción hace saltar por los aires seguridades de todo tipo. No es extraño, por eso, que el tema de Dios aparezca, implícita o explícitamente.
Parece que, vivir rozando límites, provoca el deseo de agarrarse a algo/alguien que ayude a explicar, entender, descubrir lo que está ocurriendo, yendo más allá de lo que está ocurriendo. La realidad se convierte en un puzle que quisiéramos encajar como es debido y recomponer la imagen que se nos ha descolocado.

Ese alguien podría ser Dios; pero enseguida sale aquello de Epicuro “puede, quiere, no puede, no quiere…”. Todo es comprensible cuando nuestra mente busca a toda costa algo/alguien que dé sentido a esta confusión y lo haga de acuerdo con nuestros personales deseos.
Por eso, al fondo, en nuestras conversaciones siempre aparece Dios. ¡Sabemos tan poco de Él! ¿O sabemos mucho? Quizá lo suficiente para no perdernos en el camino. Sabemos lo que Jesús nos aseguró. Él nos transmitió su propia experiencia: Dios es un Padre bueno, que nos ama, que siempre nos espera, que quiere nuestro bien. Pero parece que eso no nos basta. En una época de desconfianza, las palabras parece que pierden fuerza. Nosotros quisiéramos encontrar respuesta a nuestros propios interrogantes. Y ésta no llega nunca, lo suficientemente clara, como para tranquilizarnos. Por eso no sorprende que lleguen deserciones y el “para qué vale Dios”.

Creer en Dios no “vale”, no “sirve” para nada. Como para nada vale, para nada sirve, querer a las personas. Si valiera, si sirviera para algo estaríamos cosificando, utilizando el objeto de nuestro amor. Infravaloraríamos el objeto de ese amor; estaríamos valiéndonos de Él para nuestro provecho.

Dios desborda nuestros razonamientos, está más allá o más acá, y la fe en Él no dejará todo claro, ni borrará de nuestro campo interrogantes que no hallarán la respuesta que nosotros deseamos. Los interrogantes abarcan nuestra vida, es el producto de nuestra razón que anhela encontrar explicación de todo. Así nos hicieron y por ello luchamos.

Querámoslo o no, vivimos envueltos en el misterio. Estamos, vivimos, en el misterio de Dios. Podemos aceptarlo o rechazarlo; podemos asumir su realidad y vivir como hijos teniéndolo presente, disfrutando de Él. Podemos, también, dejarlo de lado y perdernos a Alguien que nos ama y nos acompaña. Creer es aprender a caminar con pocas seguridades, pero sí las suficientes para vivir en confianza, desde la certeza de que lo que hemos “creído”, “visto”, “percibido”, ayuda a confiar en lo que todavía no hemos visto.

Y, como coda final, hay que volver siempre a Jesús. Sus palabras, su vida, su experiencia de Dios, le valieron para asumir todo lo que le sobrevino por su fidelidad a ese Buen Padre del que Él nos habló con insistencia. Su resurrección, la que seguimos proclamando estos días, es seguridad y confianza en medio de todos los interrogantes. Él es el camino, la verdad y la vida. Suerte, y gracia, de poder contar siempre con Él.

Fr. Salus Mateos, OP
Convento de San Pablo y San Gregorio
Valladolid 8 de mayo de 2020
 



LLEGÓ UNA NUEVA VIDA


En medio de este mundo confuso y perturbador, Juan Carlos y Teresa nos enviaban la feliz noticia del nacimiento de su primer nieto. Las particulares redes del grupo que compartimos se pusieron enseguida en movimiento. Las felicitaciones salían por todos los poros de la red. Era una noticia alentadora. Acompañaban su alegría con la foto de su nieto sobre el pecho de su madre. Él dormido serenamente y ella mirándolo con ternura.
Cuando el demoníaco coronavirus sigue alimentando el miedo por todos los rincones, la vida de este niño comienza a desenvolverse al margen de todo este desconcierto. Su vida va surgiendo rodeada de cuidados y prevenciones, de cariño y de esperanza. El otro “sermínimo” parece ir adueñándose de todos los lugares y dejando a su paso la desolación y la tristeza. Sus tentáculos siguen extendiéndose y el mapa mundial es ya un largo y silencioso SOS al que nadie parece saber responder con seguridad. Se sale por donde se puede; hay intentos de todo tipo, pero nada parece parar el efecto de su fuerza. Da la sensación de que la improvisación es el arma más socorrida y las reacciones ante su presencia no acaban de encontrar la línea que indique claramente por dónde seguir.
El pequeño nieto de Juan Carlos y Teresa seguirá creciendo apoyado por el amor de muchos. Ahí sí se sabe por dónde seguir para que la vida vaya triunfando sobre la muerte, tan repetida estos últimos tiempos. Ese pequeño va dando sus primeros pasos sin necesidad de saber que, los pulmones que le permiten respirar, están convirtiéndose para muchos en órganos que se van volviendo inservibles cuando ese maldito “mínimoser” llega a sus cuerpos adueñándose de todo y desequilibrando la existencia.
El pequeño irá creciendo repartiendo alegría por doquier. Sonreirá cuando reconozca rostros familiares que le transmitirán seguridad y, su vida, como la primavera, se irá abriendo paso mientras él irá descubriendo los misterios en que se verá envuelto. Dios ha bendecido a estos jóvenes padres entregándoles la alegría de ser responsables del niño que ha llegado a este mundo. Él llenará su existencia con múltiples colores y quizá algún día sepa que mientras él llenaba de alegría a su familia, muchas personas luchaban con el miedo de la incertidumbre. Gracias a Dios, para él todo será cosa lejana, historia oscura en la que él no tuvo protagonismo. Lo tuvo otro “mínimoser” maldecido por todos que llegó, un tanto de improviso, y trajo consigo la desolación y la desesperanza.
Bienvenido, pequeño, a este mundo. Ojalá tu existencia discurra por el camino de la luz y la esperanza. Ojalá no encuentres en ese camino el látigo inesperado del desconcierto aniquilador. Que seas motivo para seguir confiando en que la vida se abre paso por encima de lo inesperado y en ella se manifiesta el hálito de Dios que, pese a todo, sigue presente en la luz y en las sombras de nuestros días.

Fr. Salus Mateos
Valladolid 26 de marzo de 2020



NUESTRA IGLESIA VACÍA

A las ocho de la mañana, como solíamos hacer, la comunidad baja a la iglesia. Es nuestra celebración conventual donde participamos todos los frailes. En este tiempo no hay compromisos externos y podemos vivir juntos este gesto tan comunitario: celebrar la eucaristía con el rezo de las laudes. Es un acto que parece cercenado de la realidad. Esa eucaristía cuenta siempre con un grupo de personas que, repartidas por el templo, celebran, en unión con la comunidad, el acto más significativo de nuestra fe.

Nuestra recién estrenada sillería coral se ve estos días ocupada, manteniendo entre nosotros la debida distancia. Pero se siente la ausencia de las personas que a esa hora tempranera acuden con fidelidad a vivir su fe. Y uno mira los bancos vacíos y recuerda los lugares que ocupa cada uno de los participantes. También la variedad de la que se ayudan en el rezo. Los hay que usan el móvil para recitar los salmos; otros lo hacen valiéndose del libro que hay a disposición de todos. Por eso, estos días, extender la mirada por los bancos vacíos produce una cierta nostalgia. Una iglesia vacía remite siempre a los hombres y mujeres que la frecuentan y acuden a ella a algo más que a ver la belleza de su arte.

Esos bancos de nuestra iglesia vacía, reciben cada día la vida de muchos y variados visitantes. Los hay que, en tiempo de frío, buscan el calor del recinto o el frescor cuando el calor aprieta; otros llegan como si hubieran caminado mucho y descansan; los hay que parecen recogidos y en oración, no son la mayoría; también hay bastantes que pasean extendiendo la mirada por todas partes, como si quisieran ver más de lo que hay. La grandeza del templo no deja indiferente más que a los que buscan la foto para poder hacer constar a alguien que pasaron por aquí, aunque no les importe mucho lo que contemplan.

A esta hora primera hay un profundo silencio. No se oyen los coches, ni la algarabía de los adolescentes que se acercan al instituto Zorrilla. El “coronavirus” ha dejado la costumbre vacía. Solo los bancos y nosotros que representamos a tantas personas que comparten nuestra misma fe. Es lo que uno se imagina: la iglesia está vacía, pero hay ausencias/presencias que se sienten, no tanto por costumbre, cuanto por haber vivido juntos el misterio de Jesucristo y, por ello, sentirnos un poco hermanos de todos los que tienen que resistirse a entrar, por eso de que “la salud es lo primero”.


Fr. Salus Mateos Gómara, OP
19 de marzo de 2020



LA VISITA INESPERADA

Caminábamos ufanos, imbatibles. No sabíamos bien a dónde íbamos, pero seguíamos caminando, ya que “parecía” que todo estaba controlado y asegurado. Acostumbrábamos a mirarnos el ombligo y, dirigiendo la mirada a nuestro alrededor, éramos incapaces de ver a nadie. Habíamos perdido la capacidad de percatarnos de que había otros en esa marcha. Y surgieron los diálogos altaneros y despectivos: a ver qué tierra es mejor que la mía, qué historia tiene más peso en nuestro común recorrido… y nos metimos en filologías para concretar conceptos de nación, patria. Todo acabó embarrado. La bandera se convirtió en un trozo de tela a manipular y a despreciar, queriendo inventar otra historia y, por ello, nos agarramos a ese otro trozo de tela que, ahora sí, tiene carácter sagrado, -pequeño y escuálido- porque proclama de qué tribu provengo. Y así nos hicimos altaneros y comenzamos a despojarnos de valores que enriquecían nuestra convivencia: igualdad sin desequilibrios; solidaridad como compromiso y no como ideología; respeto como consideración a lo más sagrado de cada uno, más allá del postureo hipócrita e interesado... Y llegó la violencia y se le dio otro nombre para justificarla. Y la ley dejó de ser igual para todos, pues servía otros intereses y así se retrajo con motivos torticeros. Y se permitió que la injusticia sembrara la desigualdad por intereses bastardos y la ley dejó de tener carácter universal.
Pero seguíamos caminando, valorando solo el presente, sin que hubiera horizonte adecuado e igual para todos. Y de repente nos encontramos perdidos. ¿A dónde íbamos? ¿Qué ha pasado? ¿No estábamos seguros del camino a seguir? Y ¿por qué este desconcierto? Y hubo silencio porque llegó la visita inesperada. Un simple/maldito e insignificante ser vivo que tiene más fuerza que todos nosotros y que parece surgir del averno de almas sin piedad, y no sabemos cómo expulsarlo de nuestras vidas. Y se estableció el miedo de forma general. Se aconsejó no salir de casa y se vaciaron las calles, convertidas ahora en espacios muertos. Surgió la necesidad de irse al pueblo, a ese espacio de tierra donde todo parecía más seguro y que, antes, solo se valoraba en verano.
Entonces se vio que nuestra realidad personal y social necesitaba otra orientación. Y nos dimos cuenta que ese pequeño/gran ser que había llegado de fuera sin avisar, podría ser un motivo para reflexionar, un poco más allá de todos los problemas que nos estaba provocando. Quizá fuera necesario orientar la convivencia de forma más humana. Tal vez habría que recuperar valores que se han visto despreciados en pro de ideologías. Considerar la justicia como forma digna de sentirnos todos iguales. Si queremos una nueva sociedad no llegará desde la imposición manipuladora, tampoco de teoría baratas, sino desde la reflexión serena, el consenso buscado, hecho de respeto y consideración. Todos vamos en el mismo barco y hay que basar la convivencia en “valores”, que no en simples intereses personales, porque al final, las “visitas inesperadas” hacen de nosotros una sociedad raquítica reducida a lo más inmediato, sin saber muy bien hacia dónde hemos de dirigirnos cuando la visita haya abandonado nuestro hogar.

Salus Mateos, OP

14 de marzo de 2020

 

 



Movilidad, disponibilidad, itinerancia...

Son palabras que forman parte del vocabulario frailuno -¿también de sus acciones?- a las que estoy sacando el jugo en este tiempo que me dispongo a trasladarme a la que va a ser mi décima cuarta asignación en el seno de la Orden desde que profesé en ella en 1972. Catorce asignaciones en cinco países distintos. Desde un primer viaje con una maleta y una guitarra -es como fui al noviciado- hasta una semana preparando una primera tanda de paquetes, falta otra, en lo que se incluye la misma guitarra, fiel compañera por cuarenta y ocho años.

La edad hace que conjugar esos términos cueste más. No es lo mismo con 30, con 40, con 50, que al borde de los 70. Son muchas más cosas en que pensar y las que hay que prever en su nueva forma, la mayoría concernientes a la atención de la salud. Pero no solo eso. Nuevo ambiente, nuevas actividades, nuevos hermanos de comunidad, nuevas expectativas... con menos "juego de cintura". Y todo ello pidiendo "la misericordia de Dios y la vuestra", como solicitamos al entrar en la Orden, y recordando que poner las manos entre las manos de un hermano al pronunciar la profesión tiene un significado de confiarnos en los hermanos, en que desean lo mejor para uno.

Son valores muy bellos. Pero naufragan cuando en vez de confiar en los hermanos, desconfiamos; en vez de disponernos, nos indisponemos; en vez de movilizarnos, nos estancamos durante muchos años y nos convertimos en inamovibles; entonces, nuestra itinerancia se reduce a unos pocos pasos, siempre los mismos; nos sentimos dueños de conventos y de actividades hasta acapararlas, ponernos en guardia ante la incorporación de otros hermanos y reaccionar inmediatamente ante cualquier cambio o novedad que intenten. Vale aquí muy bien la pregunta de Pedro de Córdoba en La Española: ¿con qué derecho y con qué justicia?

No. Ninguno somos dueños ni imprescindibles en ningún sitio, puede que ni siquiera necesarios, puede que incluso fuera mejor para ese sitio saber retirarse, saber dejar el espacio, facilitar el relevo, confiar en los que vienen detrás porque también la confianza en ellos está incluida en nuestra profesión religiosa. ¡Qué gusto da y qué magnífico testimonio el de quienes saben hacerlo con sencillez y con alegría! Pero qué pocos son los casos.

No hago alabanza propia. En el mío, no hay caso. No estoy "sabiendo retirarme", simplemente porque no he tomado yo la iniciativa, me han pedido otro servicio y lo he aceptado. Aunque pasen los años y cada vez cueste más, no quisiera perder nunca esa disponibilidad mientras pueda darla.

Medito en todo esto mientras me preparo para incorporarme a una nueva asignación.

Fr. José Antonio Fernández



Descubrir las oportunidades: “Vino nuevo en odres nuevos”. (Mt 9,14)

I.- LO PRIMERO ES MIRAR LA REALIDAD
1.Dominicos. A primeros de julio comenzó en Vietnam el Capítulo General electivo. N. 290 de los dominicos, donde ha sido elegido el 88º Maestro General de la Orden de Predicadores, Fray Gerar Timoner III, filipino de 51 años. Los dominicos del mundo entero siguen reunidos para definir las grandes orientaciones de la vida de la Orden y revisar sus leyes. Los Superiores de los países junto a los delegados elegidos por los propios frailes, oran y reflexionan para que lo que han de vivir y predicar a diario haya sido decidido también por todos ellos.
El Maestro -recién elegido- se unió de inmediato para presidir el grupo. En la actualidad los Capítulos se celebran cada tres años, y el mandato dura nueve. Tal es la democracia desde la edad Media, que ha mantenido la Orden sin divisiones, en continuada evolución conforme a los signos de los tiempos y las necesidades sociales.
2.Familia dominicana. La Familia dominicana en el mundo consta de frailes clérigos y cooperadores, de monjas, de hermanas, de miembros de institutos seculares y de fraternidades sacerdotales y laicales. Las constituciones que siguen se refieren únicamente a los frailes; con sus prescripciones se provee a la necesaria unidad de la Orden, sin excluir la necesaria diversidad, de acuerdo a nuestras mismas leyes.
Fraternidad laical de Santo Domingo en España. En marzo de 2013 se publicaron los Estatutos y Regla de dicha fraternidad. La diferencia fundamental entre los dominicos seglares –antiguos- y las actuales fraternidades laicales es que unos dependían de los distintos conventos, mientras que la Fraternidad laical goza, a nivel nacional, de autonomía bajo la autoridad directa del Maestro de la Orden.
3. La Conferencia Episcopal Española, ha diseñado para febrero próximo la preparación de un Congreso, con el lema “un laicado en acción” para vivir el sueño misionero de llegar a todas las personas. Han comenzado a nivel diocesano, “mirar, discernir y elegir”, con la mayor sencillez y humildad, la situación del Pueblo de Dios como Iglesia viva y misionera. Se intenta convocar la mayor asistencia posible, y la participación en grupos menores, con las aportaciones que surjan a lo largo del verano, hasta octubre.
En la primera etapa del verano se está incoando a nivel nacional un trabajo de grupos de reflexión-escucha, de “bautizados” como Pueblo de Dios (laicos, sacerdotes, consagrados) que dialogan, desde sus propias perspectivas sobre las situaciones reales (retos, desafíos, apoyos) que les envuelven en las más variadas circunstancias particulares o personales. Todo ello como preparación de un congreso de laicos en febrero.

II. LO SEGUNDO ES RECONOCER EVIDENCIAS. Valorar
IGLESIA PUEBLO DE DIOS. “El camino de la “sinodalidad” es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio” Es el compromiso programático propuesto por el Papa Francisco en sintonía con el Concilio Vaticano II. “La Iglesia, dice, está llamada a manifestar que la catolicidad que la cualifica, y la sinodalidad en la que se expresa, son fermento de unidad en la diversidad y de comunión en la libertad”.
Para que este proceso de discernimiento pueda llevarse a cabo necesitamos practicar una convivencia caracterizada por la escucha y el diálogo interpersonal, en todas sus fases. Es el desafío que hemos de asumir seriamente para que la fuerza del Espíritu nos conduzca al cambio de mentalidad, -a nacer de nuevo en la Iglesia- como Jesús recomendó a Nicodemo.
Pueblo de Dios. Todos los bautizados somos sujetos, activos y responsables (personas), capaces de realizar la misión de la Iglesia. En el AT fue la tribu de Judea, Israel, la elegida, a quien Moisés condujo por el desierto durante varios siglos, esperando la liberación de Egipto. El Pueblo de la Nueva Alianza, nació misteriosamente con la encarnación del Verbo y la presencia del Espíritu Santo de forma permanente.

Lo sinodal: “Es un elemento constitutivo en la Iglesia, porque forma parte de su misma naturaleza. Significa caminar juntos, propone fortalecer las relaciones, exige contar con comunidades misioneras abiertas al territorio, invita a la conversión y lleva a la misión. La puesta en acción de una iglesia sinodal es el presupuesto indispensable para un nuevo impulso misionero que involucre a todo el Pueblo de Dios” (Sínodo jóvenes, n. 118)

Somos el Pueblo que camina y caminando recibe el amor liberador en sí mismo y para la atención a los demás (San Pablo a los gálatas) En ambientes de oración (con Dios) y amor fraterno afectivo y efectivo (hacia el prójimo) se manifiestan la misericordia de Dios, con el desarrollo humanizante y la verdad, capaces de depurar errores colectivos.


LO TERCERO: ES OBRAR CON MISERICORDIA

A.Cambio de mentalidad. Desde el principio, y en cada momento, hay que superar toda clase de egoísmos para eliminar el clericalismo (antiguo) y una secularización sutil (naciente). Laicos en acción, misioneros, ante todo testigos, nueva evangelización significa la fuerza del Espíritu Santo como nuevo Pentecostés que permita la unidad en las diferencias y comunidad en la misión.

B. Escucha y diálogo constituyen “la comadrona” capaz de acoger al neonato cuando llegue, ya se trate de gente sencilla que comparte su vida de Pueblo de Dios, o a nivel de los grupos especializados, en los que militen como servidores, otros grupos menores de asociaciones, cofradías, comunidades de vecinos, etc.
Superar los egoísmos latentes personales y limitantes es un esfuerzo cooperador que ha de ponerse de base para descubrir, desde la propia consciencia, la verdad reinante. Nuestra complejidad como especia humana (animal racional) sobrenaturalizada será conducida con la ayuda del Espíritu a la verdadera libertad, carente de errores en la traviesa.

Ser conscientes y responsables empuja a cada uno a mirar con nuevos ojos, y elegir en el momento lo mejor para el otro, conforme al amor samaritano.

¡Descubre el vino nuevo!
¿Grupo sinodal en san Pablo? Con mente y corazón compasivos
Discernir –con la luz del Espíritu- es misión de la Iglesia. Conscientemente nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone, en sus planes salvíficos, para que no nos quedemos solo en buenas intenciones. Por ello es preciso esclarecer aquello que puede ser fruto del Reino de Dios y también aquello que atenta contra su proyecto.

Es preciso reconocer e interpretar las mociones buenas y no buenas (el mal nunca lo elegimos) y elegir para llevar a la práctica las buenas. Es también don del Espíritu Santo la moción para pedirlo con estilo de escucha fraterna y diálogo intergeneracional, en todas sus fases.

C. REALIZAR. Una vez elegido el objetivo, llevarlo a la práctica, en tiempo prudencial y sin violencia. La demora puede ser tan perjudicial como la precipitación. La unión de fuerzas para llevar a cabo el plan de Dios en cada momento y lugar exige sincronizar voluntades, como la armonía de un coro. Será preciso recurrir a la súplica y acción de gracias en la oración del Padre nuestro, que guía a los pecadores arrepentidos.

La función sacerdotal del Pueblo de Dios dará en cada momento, a todos juntos, el buen criterio pastoral para decidir como propias de su peculiar llamada las acciones correspondientes, en la buena orientación del orden temporal. La misión concreta puede realizarla la persona que es enviada a una misión concreta, aunque la deliberación esté asumida por todo el grupo.


Fray Manuel G. de Lafuente, OP
Convento de San Pablo y San Gregorio.
Valladolid, 20 de julio de 2019


 



Memorias de un fraile bueno

El pasado 15 de mayo falleció en Navarra, su tierra natal, Fr. Cándido Aniz, fraile que fue por muchos años parte de nuestra presencia en Valladolid, unos cuarenta -con la interrupción de los años que fue prior provincial- en el que era Convento de San Gregorio, y ocho más en el actual de San Pablo y San Gregorio.

Tuve contacto con él prácticamente desde mi entrada en la Orden. En mi año de noviciado (1971-72) el maestro de novicios lo llevó a darnos un curso sobre sacerdocio. Fue un poco excusa para convivir un breve tiempo con nosotros (éramos 23 novicios) conocernos y hacernos la "ficha", puesto que del noviciado pasaríamos a los estudios de filosofía, con él como profesor y director del Instituto en que los haríamos. Siempre he mantenido la impresión de que aquella estancia tuvo también la intención, solicitado me imagino por el maestro de novicios, de darle su visión y consejo sobre cada uno de nosotros en cuanto a los "pasos" de permanencia en la Orden y profesión temporal, que sería la primera que hiciéramos.

Después, efectivamente, coincidí con él un tiempo largo, los dos años de estudios de filosofía que hacíamos en aquel entonces como comunidad hospedada en el Seminario de Valladolid. Dentro de las distancias que había entre la comunidad de padres y la de estudiantado, eran muchos los momentos de convivencia: en clases, en el comedor, en la oración. Con él teníamos además la relación con el director del Instituto. Y fue nuestro profesor de Historia de la Filosofía Contemporánea. La imagen de ese tiempo que mantengo de él es la de un fraile que trataba de ser cercano, respetuoso, muy correcto en sus formas, siempre animoso y estimulante.

Poco después de mi paso de la filosofía a estudiar la teología en Salamanca fue elegido prior provincial. Gracias a él se pudo hacer en San Esteban una iniciativa que cambió las formas del Estudiantado. Me refiero a la creación del convento propio que dio en llamarse Sotomayor constituido por los estudiantes de teología y, en su origen, cinco frailes ordenados. Fue una división del convento de San Esteban que resultó controvertida en su ejecución. Lo viví en carne propia porque hice mi primer año todavía en San Esteban y fui de los "fundadores" del nuevo convento. Recuerdo el sentimiento de agradecimiento que había hacia él en la comunidad de Sotomayor, donde ciertamente fue posible alcanzar una forma y nivel de vida comunitaria que no los teníamos en San Esteban. Y él supo "mantenella y no enmendalla" ante quienes en San Esteban se sentían dolidos y ante toda la provincia.

La relación con él pasó a ser entonces con el provincial. En esa condición y en esos años fue él quien, como superior mayor que podía hacerlo, me instituyó en los ministerios de lector y de acólito a comienzos del curso 1977-78. Y fue con él con quien traté mi primer destino al terminar los estudios. Hubo ahí otra situación controvertida en doble vertiente. Una, porque veníamos fraguando un compañero de mi curso y yo, desde meses antes, la idea compartida con el entonces prior del Vicariato en Centroamérica de incorporarnos a él. La controversia estaba en que eran ya tiempos de cursos muy reducidos en número y una buena cantidad en los cursos anteriores habían sido destinados a vicariatos en América (Perú, República Dominicana), y apenas alguno había sido destinado en España, lo que provocaba un cierto clamor en la provincia. La otra vertiente de la controversia es que el convento de Santo Domingo el Real, de Madrid, de cuyo club juvenil procedía yo, sin saber yo ni una palabra, me solicitaba ante el provincial para ser destinado ahí y casi hasta me tenían preparada habitación; y parece ser que se llevaron un buen disgusto al conocer la decisión de que yo iba a Centroamérica. Me ha quedado siempre el agradecimiento de la comprensión con que el P. Cándido trató ese asunto y de su decisión final.

Ya en Centroamérica y en su segundo periodo como provincial recuerdo la visita que nos hizo estando yo en la casa de Managua. Estábamos en plena efervescencia del triunfo de la revolución sandinista en julio de 1979. Cabeza pensante como era no podía dejar de hacer sus análisis sobre una situación para él muy desconocida, como lo era nueva para todos, incluso los que veníamos viviéndola desde dentro. Recuerdo que en esos análisis su gran preocupación era "el vacío de poder" que según él suponía que lo hubieran asaltado jóvenes guerrilleros sin experiencia alguna de gobierno.

Luego han pasado muchos años. Él terminó sus periodos de provincial y regresó a Valladolid a retomar su presencia en el Instituto de Filosofía. La entidad de la Orden en Centroamérica pasó en 1984 a ser autónoma, entonces como viceprovincia. Y no volví a tener relación alguna con él hasta mi regreso a España en 2015, viniendo a ser asignado al convento de Valladolid, donde él continuaba. Me encontré entonces con el mismo P. Cándido pero en mayor, se acercaba ya a los noventa años. Cansado y disminuido de fuerzas seguía colaborando en actividades conventuales y era la misma persona acogedora, interesada por todo, animosa, siempre preguntando, respetuosa, cercana, formal... un hombre bueno y un fraile bueno. Una de las actividades que mantuvo mientras estuvo con nosotros hasta el verano de 2017 es la que él llamaba Aula de Teología y era admirable su interés y dedicación en esa tarea. Siento un cierto orgullo y satisfacción personal en que la comunidad me encomendara continuarla en la que es hoy nuestra Escuela de Teología.

P. Cándido, reciba desde el seno del Padre mi reconocimiento y agradecimiento por lo que usted ha significado en mi pertenencia a la Orden.

Fr. José Antonio Fernández



Hacia una Iglesia evangelizadora. Visita relámpago del M.O. fray Bruno Cadoré, a Valladolid

Querido Maestro fray Bruno:

Con suficiente antelación y “cercanía” el M.O. fray Bruno ha publicado, hace poco, en Editorial San Esteban un libro de letra menuda y magisterial contenido. Ha hecho llegar a cada fraile un ejemplar, ofrecido con una palabra de despedida, “Escuchar, con Dios, los latidos del mundo”, cuando está a punto de concluir su servicio en la curia generalicia.
En el cap. 3, "Vivir la Orden", dedica unas pocas páginas a los laicos de hoy, y del siglo XXI. Llaman la atención por su serenidad, sencillez e intuiciones de futuro: sirve de reflexión a nuestra naciente fraternidad laical, poniendo semillas iluminadoras de esperanza para el futuro del laicado y de la Orden: Ir más lejos, hacia una iglesia evangelizadora.
Dice que en la Orden ahora tenemos más laicos que religiosos, más religiosas que frailes y más frailes que monjas, que son sin embargo nuestras hermanas mayores. Las cifras no lo dicen todo. Esta diversidad es la razón por la cual la floración del espíritu dominicano y la promoción de la familia dominicana constituyen una misma y única realidad. Se trata de evidenciar que los laicos comprometen su vocación bautismal de diferentes maneras.
Dice fray Bruno que, a nosotros hace ocho siglos, fray Domingo nos abrió el camino de la “familia dominicana”. Algo que será un desafío para la iglesia de los años venideros, y que todos tendrán que aceptar, representa ya una apuesta para la familia dominicana, ya que se trata de lo que constituye su propio ser desde los comienzos.
La Orden, con su experiencia varias veces centenaria al servicio de la Evangelización, debe sentirse concernida por este cambio decisivo, que verá cómo la Iglesia va a mostrar una fisonomía totalmente distinta de la que tiene (ahora) como institución dominada por hombres consagrados. La clave será promover resueltamente comunidades cristianas de evangelización, y para ello es necesario que los laicos por su parte ocupen plenamente su puesto, su papel y su función; no porque los clérigos lo hayan decidido (o sean escasos) sino porque todos nosotros habremos tomado conciencia de que así es como debe ser la Iglesia de Jesucristo.
Hoy, al igual que en los tiempos de la fundación, cuando tantas y tantas gentes no vienen o dejan de venir a la iglesia, especialmente en la vieja Europa, la Orden debe aportar su contribución específica en la edificación de la Iglesia, una Iglesia que se hace familiar y amiga de todos. Apoyándonos en la apuesta que hace por la fraternidad, y enriquecida por su diversidad, la Orden quiere aportar esa contribución, por su amor a la Iglesia, y a través de ese amor a la Iglesia. Quiere ser una familia de la predicación, al servicio de la Iglesia Evangelizadora, a través de la familia dominicana.
Por su parte, el Papa Francisco está clamando por una iglesia sinodal, como la Iglesia querida por el Espíritu Santo para el futuro. Una iglesia que es el Pueblo de Dios, cuya gente son los hijos de Dios (de cualquier clase y condición) hermanos y hermanas entre sí, salvados por el Hijo encarnado que vivió, murió y resucitó por amor a la humanidad. Salvando las distancias, algo parecido al origen de la catolicidad cristiana inicial, que se alejó del pueblo judío como predilecto y heredero del Reino.
Saludamos cordialmente al Maestro Bruno en su “paso por Valladolid”, quien de esta forma reafirma su mensaje a los laicos dominicos, a la joven fraternidad de Valladolid, para que teniendo como fundamento y apoyo la convivencia fraterna, se comprometa, junto con el resto de la Orden, a “promover resueltamente comunidades cristianas de evangelización”.
Gracias, Maestro Bruno, por una visita tan especial, a todos nosotros. Oraciones.
Fray Manuel, o.p.
 



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